1/7/11

Una vez más la crítica habla de La Cantante Calva de Componentes Compañía Teatral

Buenísima.
Una muy bella representación de esta obra clásica. Trabajada con actuaciones que realzan el toque humorístico en los gestos y expresiones de una manera excelente.
Se explora de manera muy inteligente esta idea que refresca toda la obra, considerando que la primera presentación de la obra fue a mediados del siglo XX.. Muchas obras y textos se acumularon con mayor o menor efectividad a lo largo de los años y el aspecto absurdo de la vida ha dejado marcas en la cultura y muchas de estas obras pueden ser vistas sólo como obra de joyería antigua.
Lograron una puesta muy graciosa, por supuesto para seres con cierto bagaje estético.
Quisiera destacar a  Darío Serantes y Matías Stella entre las brillantes actuaciones y el trabajo de dirección que logran darle un nuevo aire al difícil texto.

Por María Inés Senabre

La cantante calva  de Eugene Ionesco
Dirección: Leticia Tómaz


Viernes 21hs.
Teatro La Carbonera – Balcarce 998
Reservas: 4362 2651

Localidades: $50 (Descuentos estudiantes y jubilados $30)

Elenco: Leticia Llagostera, Darío Serantes, Natalia Oyanedel Issa,  Nicolás Giménez, Guadalupe Iturbide y  Matías Stella

Y así se suceden los momentos, unos iguales a los otros, cada vez con mayor tensión, pero volviendo a empezar una y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez…
La Cantante Calva es la obra por excelencia del teatro del absurdo. Absurdo que es producto de la sociedad, del sinsentido del hombre moderno y por esta razón la obra resulta cómica y extraña.
En escena dos matrimonios ingleses, viven una cotidianeidad inglesa, bajo el monótono sonido de un reloj inglés. Ellos son desdichados y no saben por qué. Son fantoches encerrados en un espacio mínimo que no ofrece distracción alguna para escapar de su patética existencia. Sin embargo las situaciones que viven no son trágicas; por el contrario, escapan a toda lógica entrando de lleno en el terreno del sinsentido, la incoherencia y la ridiculez.
La Cantante Calva es una obra para reírse del vacío y la desventura ajena (aunque en el fondo, quizás, esa no sea una realidad tan ajena a nosotros mismos).
“…el hombre es arrojado al mundo… haciéndose cargo de una existencia que le ha sido impuesta…”

Escenografía: Susana Russo / Vestuario: Ana Julia Figueroa / Iluminación: Nadia Strier
Maquillaje: Lis Iun / Ilustración: Esteban Tómaz / Diseño Gráfico: Florencia Romero
Asistencia de Dirección: Nicolás Isasi


NOTAS Y ACREDITACIONES:
4953-7258
tehagolaprensa@sion.com 


23/6/11

Dice la crítica sobre La Cantante Calva de Componentes Compañía Teatral

La Cantante Calva - Por Julia Panigazzi 


 

La Cantante Calva

Dirección: Leticia Tómaz. Autoría: Eugène Ionesco. Vestuario: Ana Julia Figueroa. Escenografía: Susana Russo. Iluminación: Nadia Strier. Maquillaje: Lis Lun. Elenco: Nicolás Giménez, Guadalupe Iturbide, Leticia Llagostera, Natalia Oyanedel Issa, Darío Serantes, Matías Stella. Prensa: Tehagolaprensa

Sin duda esta es una de las obras más interesantes del autor teatral rumano: exagerada, ridícula y dramática La Cantante Calva  juguetea con las lineas del absurdo, característico  de Ionesco, exagerando al máximo la rutina y abusando de la repetición.

En el living comedor diario se introduce  a los Smith, una pareja inglesa desgastada, con niños y mucama que viven en los suburbios de Londres. La Sra. Smith ensaya un parlamento frente a su marido el cual los evidencia como una pareja monótona, aburrida y sin ningún interés en particular. Se destaca Leticia Llagostera en este papel de mujer sumergida en boberias protocolares que la detiene  en el tiempo e impiden una comunicación fluida con su marido, interpretado por Dario Serantes (Eduardo III, Una Visita Inoportuna) un Sr. Smith que termina por cerrar el circulo de dialogo fallido, diario en mano e indiferente. Llegan de visita los Martín, una pareja inglesa oriunda de Manchester que no se reconoce y parecen convivir dentro de un limbo curioso de extrañezas y coincidencias: y es que la falta de comunicación llego a un estadio en el cual se les hace imposible sobrellevar el matrimonio. La excelente dupla esta conformada por  Guadalupe Iturbide y Nicolás Gimenez, quienes se repiten y se sorprenden de descubrirse cónyuges .

Cada vez que el reloj suena, la atmósfera se transforma, la iluminación es tenue y abre paso al silencio incomodo en las parejas o al ingreso de la mucama Mary, ingeniosa interpretación de Natalia Oyanedel Issa , quien vendría a ser el único personaje iluminado, aun siente pasiones, puede pensar y es testigo de algunas situaciones a las que intenta adjudicarle alguna lógica, sin éxito. El capitán de bomberos encarnado por Matias Stella, representa a el hombre estructurado, que parece amar su trabajo y se lo ve a la espera de ese gran incendio …

Dirige con confianza Leticia Tomáz una pieza complicada para el mismo Ionesco, quien confiesa que muchas de las lineas son textuales de su manual de inglés, donde los Smith y los Martín rezaban: el techo esta arriba, el piso esta abajo , la semana tiene siete dias . La critica dictó en su momento que se trataba de una pieza que parodiaba la vida del pequeño burgués ingles, es esto y mucho más lo que encierra esta Cantante Calva que no aparece en ninguna escena y es mencionada solo en una linea casi sobre el final. Se trata de una obra que es una burla a la comedia, imperdible.

Teatro: La Carbonera - Balcarce 998 
Reservas: 4362-2651
Funciones: Viernes - 21:00 hs
Entrada: $ 50,00 y $ 30,00


7/6/11

La Cantante Calva - La Tragedia del Lenguaje (en Notas y Contranotas) - Eugène Ionesco

En 1948, antes de escribir mi primera pieza: La cantante calva, no quería convertirme en un autor teatral. Ambicionaba simplemente aprender inglés. El aprendizaje del inglés no conduce necesariamente a la dramaturgia. Al contrario, me convertí en un autor teatral porque no logré aprender inglés. Tampoco escribí estas piezas para vengarme de mi fracaso, aunque se haya dicho que La cantante calva era una sátira de la burguesía inglesa. Si hubiera querido y no hubiera logrado aprender italiano, ruso o turco, se hubiera podido decir igualmente que la pieza resultante de ese esfuerzo vano era una sátira de la sociedad italiana, rusa o turca. Me doy cuenta que debo explicarme. He aquí lo que me sucedió: para aprender inglés compré, pues, hace nueve o diez años, un manual de conversación franco-inglesa, al uso de los principiantes. Me puse a trabajar. Copié concienzudamente las frases extraídas de mi manual para aprenderlas de memoria. Releyéndolas atentamente, no aprendí inglés pero sí, en cambio, verdades sorprendentes: que hay siete días en la semana, por ejemplo, lo que, por otra parte, sabía; o bien, que abajo está el piso, arriba el techo, lo que sabía igualmente, quizá, pero en lo cual nunca había reflexionado seriamente o que había olvidado, y que me parecía de pronto tan asombroso como indiscutiblemente cierto. Tengo sin duda bastante espíritu filosófico como para darme cuenta que lo que transcribía a mi cuaderno no eran simples frases inglesas en su traducción inglesa sino verdades fundamentales, comprobaciones profundas.

No por eso abandoné aún el estudio del inglés. Felizmente, pues, después de las verdades universales el autor del manual me revelaba verdades particulares; y para ello este autor, inspirado, sin duda, en el método platónico, las expresaba por medio del diálogo. A partir de la tercera lección aparecían dos personajes que nunca supe si eran reales o inventados: el señor y la señora Smith, una pareja de ingleses. Ante mi gran asombro, la señora Smith informaba a su marido que tenían varios hijos, que vivían en los alrededores de Londres, que su apellido era Smith, que el señor Smith era empleado de oficina, que tenían una sirvienta, Mary, también inglesa, que tenían, desde hace veinte años, unos amigos llamados Martin, que su casa era un palacio, pues "la casa de un inglés es un verdadero palacio". Yo pensaba que el señor Smith debía estar un poco al corriente de todo aquello; pero, vaya a saber, hay gente tan distraída; por otra parte, es bueno recordar a nuestros semejantes cosas que pueden olvidar, de las cuales no tienen suficiente conciencia. Además de esas verdades particulares permanentes, se daban a conocer otras verdades del momento: por ejemplo, que los Smith acababan de cenar y que eran las nueve de la noche, hora inglesa, de acuerdo con el reloj de pared.

Me permito señalar el carácter indudable, perfectamente axiomático, de las afirmaciones de la señora Smith, así como la manera típicamente cartesiana de razonar del autor de mi manual de inglés, pues, lo que era notable, era la progresión superiormente metódica de la búsqueda de la verdad. En la quincuagésima lección llegaban los Martin; la conversación se entablaba entre los cuatro y, sobre los axiomas elementales se edificaban las verdades más complejas: "el campo es más tranquilo que una ciudad populosa", afirmaban unos; "sí, pero en la ciudad la población es más densa, hay muchos negocios", replicaban los otros, lo que es igualmente cierto y prueba, además, que verdades antagónicas pueden coexistir perfectamente.

Tuve entonces una revelación. Ya no se trataba para mí de perfeccionar mi conocimiento de la lengua inglesa. Consagrarme a enriquecer mi vocabulario inglés, aprender palabras para traducir en otra lengua lo que podía igualmente decir en francés, sin tener en cuenta el "contenido" de esas palabras, lo que me revelaban, hubiera sido caer en el pecado del formalismo que hoy los directores del pensamiento condenan con justa razón. Mi ambición era mucho mayor: comunicar a mis contemporáneos las verdades esenciales reveladas por el manual de conversación franco-inglesa. Por otra parte, los diálogos de los Smith y de los Martin eran propiamente teatro, ya que teatro es diálogo. Lo que tenía que hacer, pues, era una pieza de teatro. Escribí así La cantante calva, que es por consiguiente una obra teatral específicamente didáctica. ¿Y por qué se llama La cantante calva y no titularla La hora inglesa, como quise en cierto momento hacerlo? Sería una historia muy larga: una de las razones por las cuales La cantante calva fue titulada así, es porque ninguna cantante, calva o cabelluda, hace su aparición. Ese detalle debería bastar. Toda una parte de la pieza está hecha colocando una a continuación de la otra frases extraídas de mi manual de inglés; los Smith y los Martin de mi pieza, son los mismos, pronuncian las mismas sentencias, realizan las mismas acciones o las mismas "inacciones". En todo "teatro didáctico", no se trata de ser original, de decir lo que uno piensa: sería una falta grave contra la verdad objetiva; lo que hay que transmitir humildemente es la enseñanza misma que nos ha sido transmitida, las ideas que hemos recibido. ¿Cómo hubiera podido permitirse cambiar lo más mínimo en palabras que expresan de una manera tan edificante la verdad absoluta? Siendo auténticamente didáctica, mi pieza no debía ser sobre todo original ¡ni ilustrar mi talento!

Sin embargo, el texto de La cantante calva fue una lección (y un plagio) sólo al principio. Las réplicas del manual que había contra inscrito cuidadosamente en mi cuaderno escolar, al quedar allí se decantaron al cabo de un tiempo, cobraron vida propia, se corrompieron, se desnaturalizaron. Sucedió no sé cómo un extraño fenómeno: el texto se transformó ante mis ojos, insensiblemente. Las réplicas del manual que había copiado correctamente, unas a continuación de las otras, se alteraron, como por ejemplo esa verdad innegable, cierta: "abajo está el piso, arriba el techo". La afirmación -tan categórica como sólida: los siete días de la semana son lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo- se deterioró, y el señor Smith, mi héroe, enseñaba que la semana se componía de tres días que eran martes, jueves y martes. Mis personajes, mis buenos burgueses, los Martin, sufrieron un ataque de amnesia: aunque viéndose, hablándose todos los días, no se reconocieron. Otras cosas alarmantes se produjeron: los Smith nos informaban de la muerte de un tal Bobby Watson, imposible de identificar, pues nos informaban asimismo que las tres cuartas partes de los habitantes de la ciudad, hombres, mujeres, niños, gatos, ideólogos, se llamaban Bobby Watson. Un quinto personaje, inesperado, surgía por último para agravar la inquietud de los pacíficos matrimonios: el capitán de bomberos que contaba historias en las cuales parecía tratarse de un toro joven que hubiera dado a luz una enorme ternera, de una rata que hubiera nacido de una montaña; luego el bombero se marchaba para no perderse un incendio, previsto desde hacía tres días, anotado en su libreta, que debía producirse del otro lado de la ciudad, mientras los Smith y los Martin proseguían su conversación. ¡Ay! las verdades elementales y sensatas que ellos enunciaban a continuación unas de otras, se habían vuelto descabelladas, el lenguaje se había desarticulado, los personajes se habían descompuesto; la palabra, absurda, se había vaciado de su contenido y todo acababa en una pelea cuyos motivos era imposible conocer, pues mis héroes se enrostraban no ya réplicas, ni siquiera fragmentos de proposiciones, ni palabras, sino sílabas, o consonantes, ¡o vocales!...
Para mí, se trataba de una suerte de desmoronamiento de la realidad. Las palabras se habían convertido en cáscaras sonoras, desprovistas de sentido; también los personajes, desde luego, se habían vaciado de su psicología y el mundo se me aparecía bajo una luz insólita, quizá su verdadera luz, más allá de las interpretaciones y de una causalidad arbitraria.

Al escribir esta obra (pues esto se había convertido en una suerte de pieza o antipieza, es decir, una verdadera parodia de una pieza de teatro, una comedia de la comedia) sentía un verdadero malestar, vértigo, náusea. De cuando en cuando me veía obligado a detenerme y, al mismo tiempo que me preguntaba qué diablos me forzaba a seguir escribiendo, iba a echarme en un sofá con el temor de verlo caer en la nada; y yo junto con él. Cuando terminé este trabajo me sentí, sin embargo, muy orgulloso. Imaginaba haber escrito algo así como una tragedia del lenguaje... Cuando se representó me sorprendió casi oír reír a los espectadores que tomaron (y siempre toman) estas cosas alegremente, considerando que era una comedia, incluso una broma. Algunos (Jean Pouillon, entre otros), los que sintieron el malestar, no se equivocaron. Hubo otros que advirtieron que se trataba de una burla al teatro de Bernstein y sus actores: los actores de Nicolas Bataille lo advirtieron antes, al representar la pieza (sobre todo en las primeras representaciones) como un melodrama.

Más tarde, al analizar esta obra, críticos serios y doctos la interpretaron sólo como una crítica de la sociedad burguesa y una parodia del teatro de boulevard. Acabo de decir que admito esta interpretación: sin embargo, no se trata, en mi opinión, de una sátira de la mentalidad pequeño-burguesa relacionada a tal o cual sociedad. Se trataba, sobre todo, de una suerte de pequeña burguesía universal, puesto que el pequeño burgués es el hombre de las ideas recibidas, de los slogans, el conformista de todas partes: dicho conformismo es revelado, desde luego, por su lenguaje automático. El texto de La cantante calva o del manual para aprender inglés (o ruso o portugués), compuesto de expresiones hechas, de los clisés más gastados, me revelaba, por eso mismo, los automatismos del lenguaje, del comportamiento de la gente, "el hablar para no decir nada", el hablar porque no hay nada personal que decir, una ausencia de vida interior, la mecánica de lo cotidiano, el hombre inmerso en su medio social sin diferenciarse de él. Los Smith, los Martin no saben ya hablar porque ya no saben pensar, no saben ya pensar porque ya no saben conmoverse, ya no tienen pasiones, no saben ya ser, pueden "transformarse" en cualquier persona, en cualquier cosa, pues al no ser ya no son sino los otros, el mundo de lo impersonal, son intercambiables: se puede poner a Martin en lugar de Smith y viceversa, que no nos daremos cuenta. El personaje trágico no cambia, no se quiebra; es él, es real. Los personajes cómicos son personas que no existen.

(Comienzo de una charla pronunciada en los Institutos Franceses de Italia, 1958)
Notas y contranotas. Estudios sobre el teatro. Editorial Losada, S. A., Buenos Aires, Argentina, 1965

29/5/11

El pasado Viernes 27 de Mayo "La Cantante Calva" estrenó en el Teatro La Carbonera

Un refinado puesto de "La cantante calva" de Eugenio Ionesco en el teatro La Carbonera de San Telmo

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Hay una forma de decir las cosas desprendiéndose de la lógica común, de la rutina lingüística acostumbrada. Hablar de la sopa, por ejemplo, como si fuera una experiencia rara; contestar una pregunta sin usar palabras, con una expresión desorbitada de la cara. Es lo que sin mucha exactitud se llama “el absurdo,” una manera de abordar la teatralidad exitosamente empleada por Eugene Ionesco.

El resultado es un humor ácido y a la vez provocativo. En el estreno de “La cantante calva” anoche en el teatro La Carbonera de Buenos Aires, la joven directora Leticia Tómaz, egresada de la EMAD, supo explorar ampliamente los diferentes lenguajes latentes en en género absurdo.
En realidad la expresión “absurdo” queda a mitad de camino, pues es una forma de abordar los conflictos humanos saliendo de lo rutinario o de la búsqueda de un mundo sublime para situar los problemas desde otro registro (jugando con las palabras, violando las leyes comunes de la lógica, poniendo el foco en los aspectos de menos relieve de una situación).
“La cantante calva” se estrenó en París en medio de la furia de la Segunda Guerra Mundial, y desde entonces ha sido representada tantas veces que se ha convertido en una de las obras más representadas en Francia.

Subyace en la incomunicación entre los personajes, una fuerte crítica hacia la vida cotidiana.  Las vidas del matrimonio Martin son casi idénticas a las del matrimonio Smith; incluso el tiempo parece desaparecer. Las dos parejas discuten, pretenden arreglar cosas pero todo es inútil. En un momento llega un bombero y pregunta a los Martin: “¿y en su casa no se está quemando nada?” La repuesta: “No. Desafortunadamente…” Es decir, no pasa nada.

El bombero parece representar algo así como el hombre idealista, o de lógica común, para (junto a la criada) crear un fondo de contraste para entender mejor “lo absurdo” de la existencia de los dos matrimonios.
La directora Leticia Tómaz ha agregado un muy refinado concepto de lo estético y ha puesto en la gestualidad y en los movimientos precisos y perfectamente combinados de los actores el eje de la puesta. De esta manera, el espectáculo es lindo de ver no sólo por los textos de Ionesco; adquiere nuevo vuelo en las manos de la directora, posibilitando la exploración de diferentes lenguajes teatrales.

La cantante Calva de Eugenio Ionesco
Viernes de mayo a las 21 horas en el teatro La Carbonera, Balcarce 998 de San Temo.
Dirección: Leticia Tómaz
Reservas:        4362 2651
Localidades:    (Descuentos estudiantes y jubilados )

Elenco: Leticia Llagostera, Darío Serantes, Natalia Oyanedel Issa,  Nicolás Giménez, Guadalupe Iturbide y  Matías Stella
 Escenografía:    Susana Russo / Vestuario: Ana Julia Figueroa / Iluminación: Nadia Strier
Maquillaje:    Lis Iun / Ilustración: Esteban Tómaz / Diseño Gráfico: Florencia Romero
Asistencia de Dirección:   Nicolás Isasi


17/5/11

ESTRENO VIERNES 27 DE MAYO - 21HS. - TEATRO LA CARBONERA


La cantante calva
de Eugene Ionesco
Dirección: Leticia Tómaz

Viernes 21hs.
Teatro La Carbonera - Balcarce 998
Reservas: 4362 2651
Localidades: $50 (Descuentos estudiantes y jubilados $30)


Y así se suceden los momentos, unos iguales a los otros, cada vez con mayor tensión, pero volviendo a empezar una y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez…

La Cantante Calva es la obra por excelencia del teatro del absurdo. Absurdo que es producto de la sociedad, del sinsentido del hombre moderno y por esta razón la obra resulta cómica y extraña.
En escena dos matrimonios ingleses, viven una cotidianeidad inglesa, bajo el monótono sonido de un reloj inglés. Ellos son desdichados y no saben por qué. Son fantoches encerrados en un espacio mínimo que no ofrece distracción alguna para escapar de su patética existencia. Sin embargo las situaciones que viven no son trágicas; por el contrario, escapan a toda lógica entrando de lleno en el terreno del sinsentido, la incoherencia y la ridiculez.
La Cantante Calva es una obra para reírse del vacío y la desventura ajena (aunque en el fondo, quizás, esa no sea una realidad tan ajena a nosotros mismos).

“…el hombre es arrojado al mundo… haciéndose cargo de una existencia que le ha sido impuesta…”


Elenco: Leticia Llagostera, Darío Serantes, Natalia Oyanedel Issa,  Nicolás Giménez, Guadalupe Iturbide y  Matías Stella

Escenografía: Susana Russo / Vestuario: Ana Julia Figueroa / Iluminación: Nadia Strier
Maquillaje: Lis Iun / Ilustración: Esteban Tómaz / Diseño Gráfico: Florencia Romero
Asistencia de Dirección: Nicolás Isasi




10/5/11

La Cantante Calva

La Cantante Calva es la obra por excelencia del teatro del absurdo. Absurdo que es producto de la sociedad, del sinsentido del hombre moderno y por esta razón la obra resulta cómica y extraña. 

“Desearía poder, alguna vez, por mi parte, despojar la acción teatral de todo eso que ella tiene de particular: su intriga, los rasgos accidentales de sus personajes, sus nombres, su pertenencia social, su cuadro histórico, las razones aparentes del conflicto dramático, todas las justificaciones, todas las explicaciones, toda la lógica del conflicto. El conflicto existirá -de otro modo no habría teatro- pero no se conocerá su razón.” 
Eugene Ionesco, 1953. 

Esta puesta en escena explora el género absurdo pero no de una manera incoherente e ilógica porque sí (por el sinsentido mismo), sino, en relación a las palabras del mismo Ionesco, siguiendo el camino que abren los diferentes conflictos que surgen a lo largo de la obra, los cuales dejan en evidencia el absurdo de la existencia del hombre moderno. 
Esta puesta pretende, por lo tanto, que quien asista a la obra se ría de aquellos seres y aquellas situaciones que ve en escena y al mismo tiempo, sin embargo, que no deje de sentir que toda esa incoherencia no difiere mucho de la incoherencia y el vacío que atraviesa a diario nuestra propia realidad.